Skip to content.

Asociacion para el Diálogo

Secciones
Herramientas Personales
Usted está aquí: Home » Energía » LA EDUCACIÓN SECUNDARIA Y EL VALOR DE LO COTIDIANO: UNA TAREA DE TODOS

LA EDUCACIÓN SECUNDARIA Y EL VALOR DE LO COTIDIANO: UNA TAREA DE TODOS

CHICA GONZÁLEZ RIPOLL: "LA EDUCACIÓN SECUNDARIA Y EL VALOR DE LO COTIDIANO: UNA TAREA DE TODOS". Ponencia de la autora en el debate de la Asociación para el Diálogo el día 8 de febrero de 2006. A partir de una rica experiencia personal en la educación, hace unas propuestas sólidas y honestas que deberían tener en cuenta los responsables, públicos y privados y las familias para mejorar la educación de nuestros jóvenes.

La Educación Secundaria y el valor de lo cotidiano: una tarea de todos

ASOCIACIÓN PARA EL DIÁLOGO 8 de febrero de 2006

Chica González-Ripoll Fernández de Mesa

En cada época y generación, la adolescencia se ha mostrado como el momento evolutivo más conflictivo. Frases como: “No hay quien los entienda” “Es que ya no respetan ni a nada ni a nadie”, son frases que hemos oído a nuestros abuelos, a nuestros padres y que las seguiremos oyendo a las siguientes generaciones. Contamos hasta con una justificación biológica a este comportamiento tan reiterativo como incomprendido: la corteza prefrontal del cerebro, la encargada de organizar la vida psíquica, la que permite planificar, sopesar las consecuencias de los actos y controlar y calmar los impulsos, no está terminada hasta los 25 años.

Es a la vez en este periodo escolar cuando naufragan muchas escuelas o institutos.

La ampliación de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años propiciada por la LOGSE era necesaria para adaptarse a la normativa europea; era solidaria, porque proporcionaba un periodo más largo de formación a todas las clases sociales; y era además innovadora porque dotaba de autonomía a los centros, a quienes facultaba para emprender proyectos creativos en la búsqueda de una renovación pedagógica.

Y sin embargo esa ampliación no fue bien desde el principio por diferentes razones: 1. Se acometió sin consensuarla con un profesorado de enseñanzas medias acostumbrado sólo a tratar con un alumnado ya seleccionado y lógicamente más uniforme. No se le entusiasmó ni se le convirtió en aliado. 2. Al profesorado no se le dio la preparación necesaria para la diversidad tan grande de alumnado con el que se iban a encontrar. 3. No se dotó a los centros de suficientes recursos humanos, tecnológicos ni materiales.

La LOGSE no era una mala ley: algunas escuelas progresistas veníamos desde hacía mucho tiempo utilizando con éxito muchos de sus principios -ciertamente habría que definir qué se entiende por “éxito” cuando hablamos de educación o de la vida misma- y todavía sigue teniendo vigencia con las revisiones y adaptaciones lógicas. Lo que fracasó de esa reforma, en gran parte por los motivos anteriormente citados, fue su aplicación. Han cambiado las leyes educativas y se ha vuelto a caer en el mismo error, al utilizar la educación como un arma arrojadiza política, situando el debate sólo en los puntos de fricción. Una ocasión perdida para acometer en profundidad los verdaderos problemas que preocupan a la sociedad, a las familias y a los educadores. Todo el mundo sabe que no había tanta distancia entre los dos partidos mayoritarios y si de verdad hubiera habido una voluntad de llegar a un consenso, éste se hubiera logrado. Ahora, los educadores seguiremos con la incertidumbre de qué ocurrirá cuando haya un nuevo giro en la política ¿Una nueva reforma?

Mientras tanto los alumnos, como han hecho de generación en generación y como es su vocación de adolescentes, siguen provocando para saber hasta dónde pueden llegar, clamando a su manera para alguien les marque unos límites; el profesorado de ESO se halla desbordado ante unos avances tecnológicos mucho mejor manejados por sus alumnos que por ellos mismos.

En la sociedad del conocimiento, el papel tradicional del profesor como transmisor de información ha quedado obsoleto y en evidencia, así que en este tiempo de cambios tan vertiginosos no sabe muy bien cuál es su papel y lo que se espera de él. Cuando trata de ejercer su autoridad ante situaciones conflictivas, a menudo recurre a un denostado discurso autoritario que ya no es aceptado por los alumnos.

En ocasiones también se ve desautorizado por padres que no se atreven a oponerse a sus propios hijos. Y por si acaso eso no fuera grave de por sí, los medios de comunicación, encantados de encontrar primeros planos en un asunto de tanta proyección social, se encargan de publicar la noticia de manera irresponsable, superficial y como de crónica de sucesos, tirando por tierra la labor de algunos claustros que se han dejado la piel a tiras para buscar una salida pedagógica consensuada.

Hay que añadir que durante un largo periodo la administración ha apoyado bastante poco a muchos compañeros, dejándolos en el abandono, cuando con valentía han actuado o denunciado faltas de respeto inadmisibles por parte de alumnos o de sus familias; afortunadamente parece que van rectificando esta conducta.

Con todos estos ingredientes hay quien desgraciadamente dentro de nuestra profesión encuentra suficiente excusa y justificación para no querer saber nada de problemas, limitarse a impartir su temario y si es posible pedir un traslado de centro o una comisión de servicio. Éstos han perdido su vocación docente y han dejado la tiza.

El funcionamiento de verdaderos equipos pedagógicos no está generalizado ni mucho menos: eso hace que la creatividad, el compartir los éxitos y los fracasos entre todos, el potenciar proyectos innovadores, el transmitir al alumnado sensación de seguridad, coherencia y cooperación sea un imposible.

La función directiva es una tarea de titanes que pocos osan asumir -en cantidad de centros debe ser nombrada a dedo por la administración- y, a menudo, crea enemistades. A los equipos directivos hasta ahora ni se les había preparado ni han tenido un reconocimiento retributivo y profesional que convirtiera esta tarea en atractiva y enriquecedora para quien la desempeña.

Todo lo anterior demuestra que la escuela tradicional atraviesa una profunda crisis que se manifiesta tanto a través de fracaso escolar como de los problemas de convivencia.

¿No será que el esquema tradicional ha durado demasiado y hay que buscar la salida por otros derroteros adaptándola a las nuevas generaciones?

¿El problema sólo radica en la escuela?

Nadie duda de que si la sociedad en su conjunto no contuviese en su seno elementos que propician la violencia en alguna de sus formas, no habría violencia escolar.

El modelo económico que tenemos genera problemas mentales muy fuertes: “Como o me comen”, “Te van a…”, “Ten cuidado…” demasiados mensajes defensivos para quien se está formando. Nuestro modelo social adora las cosas pero desprecia a las personas: hay una ambición desmesurada por el tener que nos está impidiendo constantemente el compartir. Sólo hay que sentarse delante de la televisión y analizar algunos de los programas que ven nuestros jóvenes y no tan jóvenes para que a nuestra sociedad se le tuviera que caer la cara de vergüenza por el ejemplo que se les está dando. Los adolescentes aprenden de lo que viven.

¿Qué ocurre con la familia?

También está inmersa en las consecuencias de los cambios sociales y económicos, también se ve afectada por un consumismo excesivo, por una necesidad de conseguir los deseos al momento: lo quiero y lo tengo, la capacidad de frustración es inexistente. La familia está sometida a un estrés y a un ritmo excesivo que lleva a los padres a sentirse continuamente culpables por un abandono que se compensa a menudo con concesiones incoherentes y excesivas, bien materiales o permisivas. Los primeros que no respetan las normas básicas de la convivencia son los adultos.

Hay un cambio de roles familiar y muchos padres y madres tampoco saben muy bien lo que se espera de ellos. En las nuevas familias hay que evitar el conflicto a toda costa y así se da la razón a los hijos incongruentemente. Al mismo tiempo se trata de echar las culpas a un tercero: al colegio, a las amistades o a quien sea: ¿Qué puedo hacer si yo sólo soy el padre? Si el chico o la chica observa esto, aprende a ser un especulador y a aprovechar esa inseguridad del adulto para salirse con la suya. El resultado: padres sumisos e hijos tiranos.

Qué hacer

Somos muchos los que pensamos que desde luego no vale ni el catastrofismo ni la ingenuidad… porque no son portadores de esperanza. Preservar el buen humor, la alegría y la felicidad es fundamental para conservar la salud individual y sobre todo la colectiva. Conviene que apliquemos el sentido común, paciencia, humildad y querer aprender. Frente a la lógica del miedo, la rivalidad y la dominación que es consustancial al sistema económico y sociocultural vigentes, debemos anteponer la dinámica de la cooperación y la alegría propias de los principios de la economía social y siempre, siempre, fundada en la defensa de los Derechos Humanos.

La única Educación rentable es la que está basada en el afecto y la cooperación. Desde algunos foros nos quieren asignar al profesorado una función de instrucción para enseñar a nuestros alumnos a competir y que renunciemos a la misión humanística que es intrínseca a la propia naturaleza de la educación.

Los educadores, las familias y los ciudadanos tenemos la responsabilidad de creer en la vida, en la esperanza y en el futuro. No podemos permitir que se instale la resignación.

Educar es una tarea de todos. Hay que recuperar el concepto de ciudadanía desde todos los ámbitos en que nos movemos. A los niños y niñas y a la juventud hay que educarlos entre todos: educa el médico, el político, el juez, el chófer de un autobús, el deportista…Todos educan o maleducan con su comportamiento y su respeto o falta de respeto.

Es importante pensar a dónde nos lleva el discurso de “¿A quién corresponde la tarea de educar: a la familia o al estado”? Todos estamos inmersos, tengamos hijos o no, y todos somos responsables de construir una sociedad justa y respetuosa con todos sus miembros. Ante esto no existen fórmulas mágicas.

Antoine de Saint-Exupery escribía: “Mirad, en la vida no hay soluciones, sino fuerzas en marcha. Es preciso crearlas y las soluciones vienen”

Y llegamos al valor de lo cotidiano: un alumno motivado y respetuoso no se consigue en dos días, cuando esto se ha fraguado a los largos de muchos años de mal aprendizaje. Por eso lo primero en lo que hay que incidir es en la prevención y sentar las bases desde los primeros años. Hay que evitar que los alumnos que están en el principio de su escolarización repitan un modelo que ya sabemos que no funciona. Hay que evitar que la violencia anide en alguna de sus formas: insultos, acosos, descalificaciones, etiquetas… Es necesario atajarla con firmeza.

El profesor y filósofo José A. Marina afirma que el sentimiento de compasión se instaura en el ser humano hacia los 4 años. En esa edad ya tiene que haberse despertado el ser bondadoso que llevamos en el interior y “la capacidad de sufrir con”, quien no lo consiga entonces, difícil lo va a tener después.

¿Cómo puede la administración debatir si de 0-3 años es etapa asistencial o es etapa educativa? Hay que educar desde el mismo momento del nacimiento. Mientras antes se empiece a recibir una formación humanista y equilibrada, donde el valor resida en la persona, antes conseguiremos una juventud con unos valores bien aprehendidos que les facilitará la vida en comunidad.

Educar es dar afecto y es decir sí a veces, pero otras muchas hay que decir “no”; aunque cueste. Los hijos ponen a prueba porque necesitan saber hasta dónde pueden llegar, requieren que una y otra vez les repitamos cuáles son sus límites. Ellos piden, porque esa es su condición, pero la nuestra como adultos es razonar el no, un no claro y sincero. No es necesario perderse en demasiadas explicaciones. Con los hijos hay que ser firmes y cariñosos, no firmes o cariñosos. Los padres no pueden desautorizarse delante de los hijos y menos aun desautorizar al profesorado. Deberán pasar y encontrar ratos para estar juntos compartiendo cosas sencillas sin necesidad de un alto coste económico. Esto no se logra en la adolescencia si antes no se ha dado en la infancia.

Hay que tener una coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Con los hijos hay que ser sinceros, contar con ellos, pedirles ayuda y respetar su intimidad. Ellos decidirán lo que quieren contarnos y lo que no. Son verdades de Perogrullo, es lo de todos los días, pero es lo que funciona. Hay que confiar en ellos y demostrárselo.

Desde los centros educativos:

Hay que empezar por exigir al gobierno y a la sociedad un prestigio justo hacia el papel del educador y una redefinición de nuestras funciones para adecuarlas a las necesidades que tiene la escuela actualmente.

Hay quien alude a la dificultad de añadir nuevos objetivos a los que tradicionalmente debe asumir el profesorado como si cualquier esfuerzo en uno de estos ámbitos supusiera una disminución de la energía y el tiempo disponible para lo otro. Si hay que parar una clase se para, y siempre será tiempo ganado.

También habrá que pedir suficientes medios humanos y materiales y que sean administrados con racionalidad y eficacia, adaptados a la diversidad de alumnado: diferencias de nivel y motivación, dificultad de idioma, culturas diferentes por proceder de otros países, mejoras organizativas en los centros con equipos pedagógicos y directivos que trabajen con un buen clima y en una misma dirección y también mejoras laborales en beneficio de la calidad docente. Desde la universidad habrá que preparar bien a los futuros profesionales de la enseñanza.

Desde las aulas hay mucho por hacer:

Lo primero echarle optimismo, esperanza, ilusión, imaginación, y probar con todos los recursos habidos y por haber y, si no da resultado, pues habrá que buscar otro camino diferente, con constancia, sentido del humor y sin tirar la tiza. Hay que valorar el esfuerzo individual y felicitar a cada alumna/o por su avance sin compararlo con el de al lado.

De entrada habrá que conectar los conocimientos que se trata que aprendan nuestros alumnos con la realidad que ellos viven. Hay que acercarse a ellos para que en esta etapa indolente de por sí se desperecen un poquito porque sepamos motivarles.

A la tan cacareada “disciplina” hay que darle un nuevo enfoque. La única válida es la autodisciplina a la cual se llega mediante un complejo proceso de socialización. Quiere decir que no se va a lograr con una actuación estelar ni con autoritarismo.

Joseph Carbó, pedagogo y profesor de ESO, dice que a la hora de abordar la disciplina convivencial hay posibles tesis, entre otras:

1) Hay que utilizar el conflicto como una oportunidad educativa, no un estorbo que hay que eliminar. Los conflictos deben trabajarse pactando y no ganando: los profesores somos o deberíamos ser expertos en conflictos. Mejor la colaboración que la enemistad.

2) Mucho mejor pocas normas que un extenso código.

3) Todos los profesores tiene poder pero no todos tienen autoridad: ésta solo se la puede dar el propio alumno y emana de la coherencia y la convicción con que ejerce el papel de educador.

4) El alumno en la situación de indisciplina es la persona responsable y es quien debe asumir y plantear soluciones. Educar requiere insistir y crear hábitos positivos. 5) Hay que tratar a cada alumno de manera diferente aplicando iguales normas porque cada uno tiene una situación diferente.

6) Hay que trabajar las pequeñas acciones y no los grandes objetivos.-Mejor no insistir en lo que no funciona.

7) Es mejor no delegar la autoridad pero sí buscar ayuda. Hay que trabajar en equipo.

8) Hay que censurar los hechos no las personas.

9) En un grupo cálido siempre habrá menos problemas.

Mi convicción finalmente es que hay que unir las fuerzas y, convertir nuestras escuelas en verdaderas Comunidades de Aprendizaje, comunidades abiertas a todo aquel que con su cooperación y su voluntad pueda aportar algo para construir una escuela íntegra, donde haya un intercambio y un enriquecimiento de los que forman parte de ella. En esta escuela hay sitio para todos, no solamente se valorará lo académico sino que cualquiera puede aportar una destreza o habilidad. Lo que vale es la voluntad de cooperar.

Me gustaría terminar con una frase del periodista uruguayo Eduardo Galeano:

“Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la UTOPÍA? Para eso sirve: para caminar

Creado por asoc_admin
Última modificación 2006-02-12 05:05 AM
« Julio 2010 »
Do Lu Ma Mi Ju Vi Sa
        1 2 3
4 5 6 7 8 9 10
11 12 13 14 15 16 17
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28 29 30 31